Introito Spiritus Domini replevit (Pentecostés)

Canto de entrada (Introito) de la Misa del día de Pentecostés.

TRADUCCIÓN

El Espíritu del Señor ha llenado el Orbe de la tierra, Aleluya; y Él, que todo lo contiene, posee la ciencia de la palabra. Aleluya.
Levántese Dios y sean dispersos sus enemigos y huyan de su presencia cuantos le aborrecen.

(Sab. 1,7. Sal. 67,2)

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Esta pieza es probablemente la más conocida y una de las obras maestras del repertorio gregoriano.

El texto es tomado de la carta de San Pablo a los Filipenses y se canta entre la segunda lectura y el evangelio de la celebración del Domingo de Ramos y del Viernes Santo, día de la muerte de Jesucristo.

Tiene dos partes claramente definidas: un “corpus” y el “versus”, cada una de ellas con dos frases. Ambas partes tienen una unidad sustancial y expresan, sentimientos y conceptos distintos resaltando la melodía el significado del texto.

CORPUS

Christus factus est pro nobis obediens usque ad mortem,
mortem autem crucis. (Cristo se hizo, por nosotros, obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.)

El “corpus” se mueve predominantemente en un tono más bajo, sobre la nota fundamental “FA” y, por momentos, desciende aún más.

Aquí se expresa principalmente la humildad de Cristo y el amor agradecido por todo lo que hizo por nosotros.

La melodía “agitada” acentúa la repugnancia natural que el corazón humano de Jesús sentía frente a la muerte y de la terrible lucha humana y espiritual que estaba afrontando ante ella. Pero a su vez, deja contemplar la entrega total de Cristo por medio de la obediencia amorosa.

VERSUS

Propter quod et Deus exaltavit illum,
et dedit illi nomen, quod est super omne nomen. (Por eso Dios lo ensalzó y le dio un nombre que está sobre todo nombre.)

El versículo tiene un carácter completamente diferente. Se esfuerza hacia arriba a la nota dominante “DO” e, incluso, por encima de ella.

Aquí se resalta la glorificación de Cristo, fruto de su intenso amor -pasión-. Así como el “corpus” narra lo que Cristo hizo por la humanidad, el “versus” narra lo que Dios Padre hizo por Cristo.

De algún modo ya se adelanta y percibe el repicar de campanas por la gloria de la Resurreción

SIMILUTUD CON OTRAS PIEZAS GREGORIANAS

Como sucede en muchas otras partituras, encontramos un gran parecido melódico con otros cantos gregorianos. Esto, lejos de interpretarse como “copia” o “falta de originalidad”, muestra precisamente una de las características principales del canto gregoriano, que es el concepto de “modalidad”. Es decir, todo el repertorio se agrupa fundamentalmente en 8 modos o tonos, cada uno de ellos con características similares.

Por ejemplo, este “Christus factus est pro nobis” tiene semejanza melódica con el gradual “Ecce sacerdos magnus”. Pero este parecido musical no es aleatorio o circunstancial, ya que dicha semejanza está ya en la base conceptual teológica del texto: “Cristo se hizo por nosotros…” porque “Es el Gran Sacerdote” o intercesor entre Dios y la humanidad.

El Hijo de Dios se encarna, padece, muere y resucita, para ser el Gran mediador entre Dios y los hombres.

TRADUCCIÓN

Cristo se hizo, por nosotros, obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo ensalzó y le dio un nombre que está sobre todo nombre.
(Flp.2,8-9)

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Veni Sancte Spiritus

Himno de la Liturgia Cristiana que se canta, como “Secuencia” en la Misa del Domingo de Pentecostés hasta el sábado siguiente inclusive.

Algunos estudiosos de los himnos unen dos de estas estrofas en una, sin duda para completar el esquema rítmico de la tercera línea, como en el caso del “Lauda Sion” y el “Stabat Mater”. La característica peculiar del “Veni Sancte Spiritus” es, sin embargo, la persistencia a lo largo del himno del mismo cierre rítmico en “ium” para todas las estrofas —una característica imitada en la traducción del Dr. Neale (dada en el “Manual de Oraciones de Baltimore”). Esta versión del estudioso de himnos anglicano es menos popular que la del hermano Caswall, que se encuentra igualmente en los himnarios protestantes y católicos y en la “Raccolta” (Filadelfia, 1881).

El deán Trench y otros, siguiendo a Durandus, le atribuyen la autoría de la secuencia a Roberto II, que reinó en Francia desde 997 hasta 1031. Con el cardenal Bona, se la adjudica a Hermann Contractus y defiende fervientemente esta adscripción. La secuencia se ha encontrado efectivamente en manuscritos del siglo XI y del XII, pero escrito por una mano posterior, y se saca la conclusión de que data de algún momento después de la mitad del siglo XII. Esto hace probable la adscripción a Stephen Langton hecha por un escritor a quien el cardenal Pitra considera fue un cisterciense inglés que vivió alrededor del año 1210.

Más probable es la adscripción a Inocencio III hecha por Ekkehard V en su “Vita S. Notkeri”, escrita alrededor de 1220. Ekkehard, un monje de San Gall, dice que Federico II envió a Roma a su abad, Ulrico, el cual trató con el Papa sobre varios asuntos y estuvo presente en la Misa del Espíritu Santo celebrada ante el Santo Padre. La secuencia de la Misa fue “Sancti Spiritus adsit nobis gratia” (Que la gracia del Espíritu Santo esté con nosotros). Aquí Ekkehard comenta (lo que probablemente aprendió del propio abad Ulrico a su regreso a San Gall) que el mismo Papa “había compuesto una secuencia del Espíritu Santo, a saber, Veni Sancte Spiritus”. La secuencia anterior cedió poco a poco a su rival, que se asignó casi universalmente a uno o más días dentro de la octava. El Misal revisado de 1570 finalmente lo asignó a Pentecostés y a la octava.

La revisión que hizo Urbano VIII (1634) la dejó inalterada. Muy bien llamada por los escritores medievales la “Secuencia Dorada”, ha ganado la estima universal, cuyas razones fueron expuestas por Clichtove, quien en su “Elucidatorium” la considera “sobre toda alabanza por su maravillosa dulzura, claridad de estilo, agradable brevedad combinada con riqueza de pensamiento (para que cada línea sea una oración), y finalmente la gracia constructiva y la elegancia mostradas en la hábil y adecuada yuxtaposición de pensamientos contrastantes. Daniel aplaude esta apreciación. Gihr ocupa no poco espacio en su obra sobre la Misa en alabanza del himno, y Julian le otorga un tributo cuidadoso y apreciativo.

TRADUCCIÓN

Ven Espíritu Santo
y desde el cielo
envía un rayo de tu luz.

Ven padre de los pobres,
ven dador de las gracias,
ven luz de los corazones.

Consolador óptimo,
dulce huésped del alma,
dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo,
en el ardor frescura,
consuelo en el llanto.

Oh luz santísima:
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda
nada hay en el hombre,
nada que sea inocente.

Lava lo que está manchado,
riega lo que es árido,
cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido,
calienta lo que es frío,
dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles
que en Ti confían,
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación,
dales el eterno gozo.

Amén, Aleluya.

PARTITURA PARA ÓRGANO

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Stabat Mater

Himno de la Liturgia Cristiana cuya documentación histórica se remonta hacia el final del siglo XIV. Georgius Stella, canciller de Génova (m. 1420), en sus “Annales Genuenses”, dice que lo usaban los flagelantes en 1388 y otros historiadores señalan su uso más tarde en el mismo siglo. En Provenza, cerca de 1399, los “Albati “ o “Bianchi” lo cantaban durante sus nueve días de procesiones.

No fue introducido al Breviario Romano y Misal hasta 1727. (Fiesta de los Siete Dolores de la Virgen asignada al viernes después del Domingo de Pasión. En el breviario se divide en tres partes: en vísperas, “Stabat Mater dolorosa”; en maitines, “Sancta Mater, istud agas”; en laudes, “Virgo virginum praeclara”.

La autoría del himno se ha atribuido al Papa San Gregorio I (Magno) (m. 604), San Bernardo de Claraval (m.1153), Papa Inocencio III (m. 1216), San Buenaventura (m.1274), Jacopone da Todi (m. 1306), Papa Juan XXII (m. 1334), Papa Gregorio XI (m.1378), de las que sólo son probables las de Inocencio III y Jacopone. El Papa Benedicto XIV da por hecho que es de Inocencio III y cita tres autoridades; Mone en sus notas y Hurter en su “Vida” también la atribuyen al mismo gran pontífice.

TRADUCCIÓN

(Lope de Vega)

1. La madre piadosa estaba
junto a la Cruz y lloraba,
mientras el Hijo pendía.

2. Cuya alma riste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

3. Oh, cuán triste y afligida
se vio la Madre escogida,
de tantos tormentos llena.

4. Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

5. Y ¿cuál hombre no llorara
y a la Madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?

6. Y ¿quién no se entristeciera,
piadosa Madre, si os viera
sujeta a tanto rigor?

7. Por los pecados del mundo
vio Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre;

8. Y muriendo al Hijo amado,
que rindió, desamparado,
el espíritu a su Padre.

9. Oh Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.

10. Y que por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

11. Y porque a amarte me anime
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.

12. Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

13. Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de su pena mientras vivo.

14. Porque acompañar deseo
en la Cruz, donde le veo
tu corazón compasivo.

15. Virgen de vírgenes santas,
llore yo con ansias tantas
que el llanto dulce me sea.

16. Porque tu pasión y muerte
tenga en mi alma de suerte
que siempre sus penas vea.

17. Haz que su Cruz me enamore;
y que en ella viva y more,
de mi fe y amor indicio.

18. Porque me inflame y encienda
y contigo me defienda
en el día del juicio.

19. Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén.

20. Porque cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

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Media vita

Una leyenda medieval sitúa al autor de esta pieza (Notkerius Balbulus, s. X), sobrecogido y petrificado, al borde de un gran precipicio, a punto de caer en el mismo, con peligro para su vida: Media vita in norte sumus (en medio de la vida nos encontramos ya con la muerte).

La melodía gregoriana pone de relieve el dramático texto. Ese horror vacui por la proximidad de la nada, de la muerte amarga, objeto de la meditación del monje en peligro, queda de manera impresionante subrayado por la acción de la música.

La súplica angustiada del Sancte Deus, y la apelación de los versículos lanzados como flechas, como urgentes peticiones a su objetivo, resaltan poderosamente este momento meditativo.

(Luis Prensa)

En este melancólico mes de noviembre leía el otro día, en un libro de  Philippe Ariès, lo siguiente: “Hoy en día el adulto experimenta tarde o temprano –y cada vez más temprano que tarde–, el sentimiento de que ha fracasado, de que su vida de adulto no ha conseguido ninguna de las promesas de su adolescencia.

Este sentimiento se halla en el origen del clima de depresión que se extiende entre las clases acomodadas de las sociedades industriales.

Pero hoy no ponemos en relación nuestro fracaso vital y nuestra mortalidad humana.

La certidumbre de la muerte, la fragilidad de nuestra vida, son ajenas a nuestro pesimismo existencial.

Por el contrario, el hombre de la Edad Media tenía una conciencia muy aguda de que estaba muerto aplazadamente, de que el plazo era corto, de que la muerte, siempre presente en el interior de sí mismo, quebraba sus ambiciones y emponzoñaba sus placeres.

Y ese hombre tenía una pasión por la vida que nos cuesta entender hoy.

El hombre de las épocas protocapitalistas sentía un amor irracional, visceral, por los temporalia (las cosas temporales), entendiendo por temporalia, a la vez y sin distinción, las cosas, los hombres, los caballos y los perros”.

El hombre medieval sabía y lo vivía aquello de “media vita in morte sumus” (a la mitad de la vida ya somos de la muerte).

Y sin embargo se aferraba al deseo de vivir como nadie. ¡Qué bello responso –“Media vita in norte sumus”-, en el oficio de difuntos, se canta en gregoriano!

(José Luis Barrera)

El monje medieval sabía con certeza qué significaban estas palabras, y en general muchas personas de épocas antiguas. Por ello, resultaban tan poderosas y tan sugerentes.

Pero hoy día también lo hacen para nosotros, sobre todo por su carácter meditativo y sereno. Hoy nuestro protagonista será un gran maestro de la polifonía que ya conoces.

Se trata de John Sheppard (c1515-1558), compositor inglés del que no se conoce su lugar de nacimiento. Sus composiciones eran de una alta calidad, siendo considerado el mejor maestro de la época tudor siendo igualado solo por Thomas Tallis.

Junto con nada menos que Tallis y William Mundy eran cantores del Coro de la Capilla Real (no podría ni imaginarme cómo sonaría ese coro en su época).

Antes de formar parte de la Capilla Real formó parte del Coro del Magdalen College de Oxford. Fue uno de los encargados de dotar la capilla de María Tudor de una polifonía compuesta especialmente para el rito Sarum.

El maestro Sheppard puso música al texto de la antigua antífona latina Media vita in morte sumus. La obra formaba parte del oficio de difuntos.

En el siglo XIII formaba parte de un oficio de difuntos que se cantaba por Alemania con lo que así se incorporó a la Iglesia Católica. Posteriormente fue incorporado al oficio divino de la Cuaresma. Aunque durante muchos siglos fue atribuído a Notker Balbulus, parece ser que se sabe que no es de él. Sheppard consigue una obra única por su longitud (más de 20 minutos) y por su función litúrgica.

El texto está compuesto por la antífona al “Nunc dimittis” para el oficio de completas para las dos semanas anteriores al Domingo de Ramos. En ese momento no se cantaba polifónicamente el “Nunc dimittis” sino al propio responsorio. Con una de las palabras más poderosas del mundo antiguo, Sheppard conseguía una de las obras más fundamentales del periodo tudor. (Web de Música Antigua)

TRADUCCIÓN

Somos mitad vida y mitad muerte. ¿Quién puede ser nuestra ayuda sino Tú,
Dios nuestro que te irritas con justicia por los pecados que cometemos?
Santo Dios, Santo Fuerte, Salvador nuestro y misericordioso,
líbranos de la amargura de la muerte.
Señor, en Ti pusieron su esperanza nuestros padres, esperaron en Ti y les liberaste.
A Ti clamaron nuestros padres, clamaron y no fueron confundidos.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

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