Repercusión interna y psicológica del sonido

Sería un error pensar que el sonido es únicamente algo físico, sólo perceptible por el oído. También lo oímos en nuestra mente como un eco de lo que ya hemos escuchado, o como una ficción surgida de nuestro pensamiento e imaginación; sonidos artificiosos quizá, pero sonidos al fin y al cabo. Un torbellino de melodías, voces, jingles (la música que acompaña a los anuncios) y conversaciones, que gira como un carrusel, nos acecha cada día, si bien hasta cierto punto estos sonidos pasan inadvertidos. Cuando más cuenta nos damos es en el momento de conciliar el sueño: reconocemos la melodía pegadiza y machacona que no ha dejado de infiltrarse una y otra vez en nuestra mente, o esa supuesta conversación tan ensayada que tal vez nunca llegue a tener lugar.

La música y todos esos sonidos se repiten continuamente en nuestro interior, como una especie de sutil y discordante orquesta nunca oída por nadie salvo por nosotros mismos. A veces nos aferramos a este íntimo equipaje sonoro; otras veces desearíamos deshacernos de él y quedarnos tranquilos. Lo importante es advertir que dichos sonidos, para bien o para mal, actúan como un filtro frente a cualquier otra experiencia que nos surja; como los lentes de cristales coloreados, pueden cambiar la percepción de lo que tenemos ante nosotros.

Cada día nos encontramos en situación de escoger, hasta cierto punto, qué queremos tener en mente, a qué dedicar nuestra atención. A la hora de una selección musical, si lo que deseamos es enfocar nuestra vida de forma equilibrada, razonable, placentera y saludable, lo mejor será escuchar los cantos gregorianos.

(Fuente: El canto gregoriano. Su historia y sus misterios, Katharine Le Mée, ed. Temas de hoy, 1995)