Los efectos del sonido

Suele decirse que vivimos en una cultura visual, pero lo cierto es que también lo hacemos en un ambiente intensamente sonoro. El canadiense R. Murray Schafer, profesor de música e investigador en el campo del sonido, llevó a cabo un experimento a este respecto con estudiantes de Estados Unidos, Canadá, Alemania y otros países europeos. Pidió a cada uno de ellos que se relajara profundamente y que luego, de forma espontánea, cantara la primera nota musical que le viniera a la cabeza. Los estudiantes canadienses y estadounidenses  entonaron la nota si bemol, mientras que en el caso de los europeos fue el sol sostenido. Resulta interesante señalar que tanto en Estados Unidos como en Canadá la electricidad funciona en forma de corriente alterna con una frecuencia de 60 ciclos por segundo, lo que se relaciona con el si bemol, mientras que en Europa es de 50 ciclos por segundo, lo que musicalmente se traduce en un sol sostenido.

Cada vez reconocemos más este trasfondo sonoro. Sin embargo vivimos expuestos continuamente a los zumbidos procedentes de aparatos eléctricos y electrónicos —ordenadores, lámparas, amplificadores, motores…— y toda clase de estruendos —sirenas, autobuses, aviones, motores y máquinas diversas—, por no mencionar el ruido de los coches y la música que sale por sus ventanillas. La American Speech and Hearing Association ha calculado que unos cuarenta millones de estadounidenses viven, trabajan o juegan rodeados de música a un volumen peligrosamente alto, y existen pruebas palpables de que esto produce una pérdida significativa de la audición. Es muy importante lo que escuchamos, afirmación que resulta cada vez más obvia.

No hay duda de que el sonido tiene importancia, hasta el punto de que incluso es capaz de dar forma a los materiales. El físico suizo Hans Jenny realizó unos sorprendentes experimentos que ilustran muy bien los efectos del sonido sobre la materia inerte. Colocó sobre una membrana sustancias tales como limadura de hierro, gotas de agua, pompas de jabón o licopodio (1), y luego las sometió a la acción de diversos sonidos. Las variaciones de los mismos produjeron una serie de dibujos fluidos y cambiantes, de gran belleza y complejidad, que se filmaron y pueden verse en las cintas de video del profesor Jenny y en los dos volúmenes que las acompañan, tituladas Cymatics (ciencia que estudia el cambio de las propiedades de un medio sometido a la vibración).

El efecto del sonido sobre los organismos vivos está asimismo bien documentado. Los estudios realizados en la India por el profesor S. K. Base, publicados en la obra The Secret Life of Plants (La vida secreta de las plantas) de Peter Tompkins y Christopher Bird, ponen de manifiesto que los árboles son más productivos bajo la influencia de la música. Algunas plantas respondían a ella creciendo hacia los altavoces, mientras que otras lo hacía en la dirección contraria y, con determinados tipos de música, unas incluso se marchitaban y morían. Obviamente, los seres humanos también somos muy sensibles a lo que oímos. John Beaulieu, médico naturista y especialista en terapia musical, rememorando su época universitaria y la tendencia de sus amigos a zambullirse en tipos de música radicalmente distintos, recuerda que era capaz de identificar a los partidarios de la música clásica, los del rock and roll o los fans del country por su apariencia física y su forma de hablar y caminar. Podríamos considerarlo sólo como un interesante juego de sobremesa, pero no obstante puede enseñarnos algo. Con la práctica, Beaulieu llegó a distinguir a los amantes de Bach de los de Mozart o Beethoven. En cada caso la música había dejado una impronta bien patente en la apariencia de sus oyentes habituales.

La explicación a este hecho es que aunque tenemos cinco sentidos —cinco grupos de órganos por medio de los cuales estamos en contacto con la realidad exterior— nos relacionamos con dicha realidad de tres maneras diferentes: intelectual, emocional y activa. Tradicionalmente se entiende que en ellas se basa la formación de la personalidad, que discurre por tres grandes cauces de actividad psíquica: intelectual, emocional y motor, cada uno asociado de forma psicosomática a una zona corporal dada en la que parece despertar resonancias. Por supuesto, la localización somática de tales funciones no puede determinarse con precisión, pero el saber popular, a menudo tan gráfico y directo, las sitúa en la cabeza, el corazón y los intestinos.

Aunque simple y elemental, no deja de ser una observación profunda. Esta manera de ver las cosas proporciona un modelo útil y práctico, producto de un gran sentido común enriquecido por una concienzuda observación psicológica practicada durante siglos, que puede convertirse en un excelente medio para estudiarse a uno mismo y comprender mejor la conducta de los demás.

A esto, precisamente, se refería Beaulieu. La música que oímos es percibida sobre todo por uno de los centros, ya sea emocional, intelectual o activo, si bien toda música contiene elementos de cada uno de ellos. Al actuar de forma reiterada sobre tal centro, imprime su cualidad en nuestra personalidad.

Las marchas militares inspiran vigor y coraje, y por tanto se dirigen a los centros motores y emocionales. La música rock, por su parte, que hace que la pelvis se contorsiones, actúa en realidad por encima de dicha zona (2). El canto evoca con fuerza el amor y la devoción, relacionados obviamente con el centro emocional. La música barroca —como la de Bach, Haendel o Vivaldi— tiene un fuerte componente intelectual y está en consonancia con la cabeza, aunque su rimo afecte a nuestro principio activo, y el timbre y la sonoridad a nuestras emociones. La música de Mozart, sin embargo, parece alimentar los tres principios por igual.

Resulta interesante señalar que el lenguaje, ya sea hablado o cantado, está constituido por sonidos consonantes y sonidos vocálicos. Los primeros llevan la mayor parte de la información —en una palabra, la inteligencia—, mientras que los segundos representan los matices y el aspecto emocional del significado. Las vocales son resultado de la vibración producida por el flujo del aire en las cuerdas vocales y los órganos del habla. Estos sonidos, a su vez, resuenan en sitios específicos de las cavidades del cuerpo. Si experimentamos con las vocales U, O, A, E e I, resulta fácil comprobar que la U resuena en la base de la columna vertebral; la O lo hace en el vientre; la A en el pecho o el corazón; la E en la garganta y la I en mitad de la frente, de forma que la U y la O están relacionadas con el principio activo, la A con el emocional, la I con el intelectual y la E con los dos últimos. Por consiguiente, las vocales tienen la capacidad de armonizar estos principios y los órganos con ellos relacionados.

Las consonantes (palabra que significa “sonando con”) se emplean para iniciar y detener los sonidos vocálicos. Limitan y conforman los sonidos, confiriéndoles inteligencia. El latín es rico en vocales, por lo que contribuye a aportar al canto gregoriano su cualidad emocional. Esto se pone de relieve especialmente cuando las vocales se cantan sobre muchas notas, como ocurre en los pasajes melismáticos.

La resonancia que produce en el cuerpo de los intérpretes el canto de estas vocales crea armónicos de alta frecuencia con un efecto estimulante. Como ya vimos anteriormente, se trata de los denominados sonidos de carga.

Sería difícil pensar en una música más equilibrada que el canto gregoriano, que se eleva y desciende como el suave flujo y reflujo del mar. Ni atrae ni repele, sino que se mantiene en una zona intermedia de reposo y estabilidad. No nos abruma con sentimientos, pero nos invita a unirnos en la devoción que inspira. No hay nada en esta música que nos incite a la acción o nos haga pensar; por el contrario, nos alivia del exceso de ideas y actividad que nos fatiga y debilita, proporcionándonos algo mucho más importante: alimento para el corazón.

(Fuente: El canto gregoriano. Su historia y sus misterios, Katharine Le Mée, ed. Temas de hoy, 1995)

(1) Se refiere al polvo amarillento formado por las esporas del helecho del mismo nombre. Se empleaba en farmacia para recubrir píldoras, dada su poder absorbente y disecante y en pirotecnia para fabricar fuegos artificiales por ser de combustión instantánea y producir brillo repentino.

(2) La autora hace un juego de palabras al emplear el término belt que, entre otras acepciones, significa cinturón y zonas.