La energía sanadora del sonido

A principios de los años sesenta los monjes de un monasterio benedictino francés, que hasta ese momento habían sobrevivido bastante bien con las acostumbradas tres o cuatro horas de sueño nocturno, empezaron a sentirse tremendamente cansados y propensos a caer en la enfermedad. Pensando que la falta de sueño podía ser la causa de sus males, el abad les permitió que durmieran más horas, pero no sirvió de nada; cuanto más dormían, más cansados se encontraban. Incluso se probó un cambio en la dieta —un régimen a base de carne y papas, en lugar del vegetariano que había constituido la regla de la comunidad durante setecientos años—, pero tampoco se obtuvieron resultados positivos.

La situación fue de mal en peor hasta febrero de 1967. Entonces decidieron invitar al doctor Alfred Tomatis, médico otorrinolaringólogo francés de prestigio internacional, al monasterio para ver si podía ayudar de algún modo a resolver el problema.

Tomatis relató que al llegar allí “setenta de los noventa monjes estaban en sus celdas hechos trizas”. Tras proceder a su examen, descubrió que no sólo estaban cansados, sino que su oído no era tan bueno como debía ser. El remedio que propuso fue que durante varios meses emplearan un aparato denominado “oído electrónico” —que él mismo había inventado— para aumentar su capacidad auditiva: un dispositivo cibernético provisto de dos canales comunicados por una abertura que por una transmitía al paciente los sonidos tal como los oiría normalmente, mientras que por la otra los filtraba posibilitando una mejor audición, en concreto de los sonidos de alta frecuencia. Al cambiar los canales de un lado al otro se ejercitaban los músculos del oído interno, lo que permitía recuperar agudeza y audición. Este tratamiento del doctor Tomatis se completó con la reintroducción inmediata del canto en la vida diaria del monasterio.

Al cabo de nueve meses los monjes habían experimentado una extraordinaria mejoría, tanto en su capacidad auditiva como en su estado de salud y bienestar general. La mayoría pudo retornar a la forma de vida habitual en su comunidad durante tantos cientos de años: largos períodos de oración, pocas horas de sueño y un intenso programa de trabajo físico.

¿Qué es lo que había sucedido? En la entrevista con Wilson, el doctor Tomatis explicó el papel vital que juega el oído en la estimulación de la actividad cerebral; en concreto, sirve para recargar el potencial eléctrico de la corteza cerebral. Por tanto, resulta evidente que cualquier persona afectada por una mala audición es incapaz de recibir con eficacia la carga de energía que éste proporciona.

Así pues, un oído fino estimula el cerebro, pero incluso hay más. Modernas investigaciones sobre el tema identifican dos tipos de sonidos: sonidos de “descarga” —que cansan y fatigan al oyente— y sonidos de “carga” —que proporcionan energía y salud y tienen, como el oído electrónico, la capacidad de recuperar la audición y recargar de energía la mente y el cuerpo.

Los sonidos de carga son principalmente de alta frecuencia, mientras que los de descarga lo son de baja. En su libro The Conscious Ear (El oído consciente), Tomatis compara una serie de idiomas en base a su gama de frecuencias —y, en consecuencia, a su capacidad para proporcionar al cerebro la carga de energía— y encuentra que el inglés británico ocupa una posición muy relevante: su gama está comprendida entre los 2.000 y los 12.000 hertzios, o ciclos por segundo, mientras que las frecuencias del francés, por ejemplo, oscilan entre los 1.000 y los 2.000 y las del inglés norteamericano entre los 800 y los 3.000 hertzios. Al hablar o cantar no resulta tan importante tener un tono de voz agudo como el hecho de aumentar la producción de sonidos de alta frecuencia. La alta frecuencia del inglés británico se debe a la cantidad de sonidos explosivos que emplean y a su forma de hablar, generalmente entrecortada.

El doctor Tomatis señala, asimismo, que al analizar los sonidos del canto gregoriano con un osciloscopio puede observarse que éste contiene todas las frecuencias del espectro vocal —es decir, aproximadamente entre 70 y 9.000 hertzios—, pero con una curva envolvente muy distinta de la del habla normal. Los monjes cantan en la zona media del espectro —la correspondiente al barítono— pero, gracias a la unidad y resonancia del sonido, sus voces producen ricos armónicos de frecuencia más elevada. Son estos tonos altos, principalmente los comprendidos entre los 2.000 y los 4.000 hertzios, los que proporcionan carga al cerebro. Cuando los monjes a que se refiere la historia dejaban de cantar, no recibían esta dosis diaria de energía, por lo que no resulta difícil entender la sensación de fatiga que experimentaban.

Desde el punto de vista del oyente, hay que hacer otra consideración: aunque nos cargamos de energía al escuchar el canto, nos invade al mismo tiempo una sensación de calma y tranquilidad. Esto se debe al hecho de que compartimos con los monjes o monjas la misma forma de respirar profunda y tranquila que emplean al cantar los largos y melismáticos versos del gregoriano.

“Aunque sólo sea capaz de leer música como para distinguir que la melodía sube o baja de una nota a otra, se sorprenderá al descubrir que es como si estuviera cantando al mismo tiempo, en el preciso instante en que lo hacen las voces de la grabación que está escuchando. Es un milagro menor de simultaneidad: una manifestación de la huella perdida del tiempo que Tomatis describe como característica del gregoriano.” (Tim Wilson)

(Fuente: El canto gregoriano. Su historia y sus misterios, Katharine Le Mée, ed. Temas de hoy, 1995)