Equilibrio entre el cuerpo y la mente

Una de las formas más poderosas del sonido de actuar sobre nosotros es su capacidad de absorbernos. Determinados tipos de música atraen de tal modo nuestra atención que nos sumergimos en ella por completo durante unos momentos. Si permanecemos atentos al sonido, nos fundimos con él olvidando el dolor, la tristeza, la agitación o la confusión. A través de la escucha, la mente se centra y se concentra. Dejamos de estar hechos un lío, de saltar de un pensamiento a otro o de una sensación corporal a otra; incluso podemos llegar a descubrir que, como consecuencia de la inmersión cada vez más profunda en el sonido, nuestro cuerpo se endereza y nos encontramos cómodos al sentarnos erguidos. El sonido nos transporta a un lugar tranquilo y seguro que nos resistimos a abandonar. Es como si entre el oyente y la canción no hubiera solución de continuidad: son todo uno. Cuando esto ocurre, el tiempo parece detenerse. Ya no somos conscientes ni del pasado ni del futuro, sólo experimentamos la plenitud del momento presente.

La audición atenta del canto produce de forma natural un equilibrio entre el cuerpo y la mente, resultado directo de la suspensión de todo esfuerzo excepto del mínimo que se requiere para seguir pendientes del sonido. Entonces nos invade una profunda sensación de paz.

La música y el sonido constituyen una forma sutil de alimento, ya que no sólo la comida nos nutre; también lo hacen el aire y las impresiones. La digestión, la respiración y el procesamiento de las impresiones son actividades estrechamente interrelacionadas. El equilibrio entre estas funciones se traduce en una justa distribución de la energía en los centros apropiados y resulta fundamental para gozar de buena salud. El uso eficaz del alimento en el interior del cuerpo depende, obviamente, del oxígeno aportado por el aparato respiratorio, pero es igual de importante el efecto que ejercen las impresiones sensoriales tanto en el proceso digestivo como en el respiratorio. Incluso el lenguaje popular reconoce este vínculo, cuando se dice que una determinada impresión nos deja sin aliento o nos hace la boca agua. La ejecución del canto requiere que la respiración y la audición estén bien reguladas y coordinadas. Al escucharlo, su ritmo nos arrastra y nos hace partícipes de sus beneficios.

(Fuente: El canto gregoriano. Su historia y sus misterios, Katharine Le Mée, ed. Temas de hoy, 1995)