El poder terapéutico del canto

El canto gregoriano está pensado para inspirar admiración, reverencia y gratitud tanto en quienes lo cantan como en quienes lo escuchan. Actúa como protección frente a la embestida de los pensamientos menos positivos que se cuelan en nuestra mente cuando no estamos alerta. Este efecto positivo del canto se refuerza, en el ámbito de los monasterios, mediante la liturgia.

El canto gregoriano es, ante todo, una actividad congregacional y litúrgica que otorga integridad a las comunidades. Ejerció una poderosa influencia a la hora de devolver un cierto grado de cohesión y estabilidad al Imperio de Carlomagno. No se creó para curar a los individuos de ningún mal determinado; sin embargo, si el individuo no se encuentra bien, la sociedad tampoco puede estarlo. El canto gregoriano es oración. Como tal, sus efectos dependen de la gracia de Dios y de la intencionalidad de la congregación entera: tanto los que cantan como los que escuchan, tanto los que curan como los que son curados, porque todos ellos constituyen una única comunidad en la celebración del culto.

El canto equilibra la mente, las emociones y el cuerpo. Por el simple hecho de cantar, o bien de escuchar de forma activa, con total atención, nos sentimos plenos y al mismo tiempo partes de un todo aún mayor. Es esta tendencia integradora, precisamente, la que tiene poder curativo.

El proceso curativo pasa en primer lugar por un deseo de integridad; integridad que será tan completa como lo permita el estado de conciencia de la comunidad. Pone de manifiesto su grado de atención, la fuerza de su fe y la perseverancia en su empeño. Gracias a la franqueza y generosidad de sus corazones, esta capacidad —forjada por la tradición y sólo limitada por el poder de la escucha— se expande desde el individuo hacia las familias, las naciones y la humanidad para alcanzar, por último, una comunión activa y sostenida con la creación, a la manera de Francisco de Asís. En sus palabras descubrimos la culminación de este poder del amor, cultivado por el canto, que resuena con claridad y equilibrio, que reparte paz y curación incluso entre los elementos:

“Te alabamos, Señor, por la Hermana Agua que es muy útil y humilde y preciosa y pura. Te alabamos, Señor, por el Hermano Fuego, con el cual Tú has iluminado la noche. Y él es bello, alegre, fuerte y robusto. Te alabamos, Señor, por nuestra hermana la Madre Tierra que nos sustenta y nos rige. Y produce variados frutos, con flores y hierbas llenas de color.”

(Fuente: El canto gregoriano. Su historia y sus misterios, Katharine Le Mée, ed. Temas de hoy, 1995)