El Imperio Carolingio

El Códice Calixtino que celosamente se conserva en la catedral de Santiago de Compostela es célebre por muchos conceptos. Los músicos, musicólogos e historiadores de la música, lo estimamos justamente como testimonio inapreciable de la primitiva polifonía, el primer ejemplo conocido de música a tres voces según la técnica armónica usada en Occidente hasta el día de hoy.

Este manuscrito inserta entre los libros III y V una apología del emperador Carlomagno escrita por "Turpín, por la gracia de Dios Arzobispo de Reims y compañero inseparable del Emperador Carlomagno, cuando hizo su viaje a España"

Carlomagno mandó construir en su ciudad de Aquisgrán una iglesia en honor de Santa María donde hizo representar, además de las batallas que había ganado en España, las siete artes liberales. Naturalmente allí estaba representada la música. Dice Turpín que la música estaba figurada como "ciencia de cantar bien y con corrección, que sirve para celebrar y dar solemnidad a los oficios divinos de la Iglesia". Continúa diciendo que "con el arte musical cantan y tocan los cantores en la iglesia. Quien la ignora puede ciertamente mugir a estilo de los bueyes, pero no puede conocer los modos y tonos de la voz. Es como quien hace rayas con una regla torcida".

Esto nos sirve de introducción para comprender la importancia de la acción de Carlomagno y sus clérigos en la implantación del Canto Gregoriano.

Hacia los años 752-753, Crodegando, obispo de Metz y pariente próximo del rey Pipino el Breve, visita Roma para preparar el viaje del papa Esteban II a las Galias. En Roma, Crodegando comprueba que hay una gran diferencia entre los cantos y prácticas litúrgicas de aquella metrópoli y los de las iglesias de las Galias. De regreso a Metz, instaura en su iglesia la liturgia y canto romanos. Ésta era una acción necesaria porque en las Galias nunca había habido un canto autóctono, perfectamente formado y mantenido en una tradición rica y severa, como en Roma, Milán, Sur de Italia, España, Norte de África. Al contrario, el canto galicano seguramente era una práctica que los francos hacían del canto hispánico mantenido celosamente primero por los visigodos y luego los mozárabes.

La instauración de la liturgia y canto romanos venía a sumarse, y de qué manera tan eficaz, al proyecto de unificación político-religiosa emprendida por el rey Pipino el Breve. Así es que en el año 760, el papa Pablo I, sucesor del ya citado Esteban II, remite al rey franco un antifonario, es decir, un libro de cantos para la liturgia de la Iglesia.

Cuando a mediados del siglo XIX un ilustre musicólogo jesuita belga, Louis Lambillotte (1796-1855), descubrió este códice en la biblioteca de San Galo, creyó ver en él el mismísimo autógrafo de san Gregorio Magno, y como tal publicó su facsímil en 1851, 2/1867.

La instauración de los nuevos cantos que traía la liturgia romana sirvió poderosamente a Pipino el Breve para granjearse la amistad y el apoyo de Roma, pero sobre todo para que su sucesor Carlomagno consiguiera ser consagrado emperador en la Navidad del año 800.

Al auge de la vida monástica, fundamentalmente la implantación de la Regla de san Benito con su extraordinaria importancia en la celebración del oficio divino,  hay que añadir el esplendor intelectual, literario y artístico que le acompañó. En 782 llega Alcuino a la corte de Carlomagno. Este monje inglés, intelectual de altos vuelos, comprueba que la celebración de la liturgia en las Galias deja mucho que desear. El latín de las nuevas oraciones y cánticos que llegan de Roma no hay quien lo entienda, porque cada uno lo pronuncia a su manera. Alcuino y los clérigos carolingios emprenden una ardua tarea pedagógico-cultural para establecer las normas clásicas pero trasladadas y adaptadas a la tradición y doctrina cristianas.

Este auténtico renacimiento carolingio, literario, artístico, litúrgico y musical, tendrá como soporte, para su prolongación en el futuro, la copia de códices donde quedarían fijados para la posteridad los textos más importantes de la cultura y de la religión: la Biblia, los escritos de los más importantes autores eclesiásticos y paganos como Virgilio, y los textos eucológicos y litúrgicos en general.

No sabemos muy bien cómo nacieron los primeros códices litúrgicos con notación musical. Hay algunos indicios que hacen nacer en España, en la época visigoda, el código gráfico musical que conocemos como notación neumática, en el que se han escrito todos los códices musicales de la Edad Media y es el origen de nuestra escritura musical actual. El hecho es que los carolingios se sirvieron de los códices para fijar primero y para difundir luego la liturgia y canto romanos que venían en sustitución de la práctica galogermánica.

Este canto romano era una de las diversas formas de canto litúrgico cristiano practicado desde los tiempos de la evangelización cristiana en el área de la dominación romana.

Los primitivos cristianos siguieron practicando durante el primer período de la evangelización el canto de los judíos, que consistía en la recitación de versos de la Biblia según determinadas entonaciones aplicadas por el rabino, según su propia manera y estilo de cantar.

Inicialmente en lengua hebrea, los cristianos comienzan a traducir los textos bíblicos a medida que transcurría el tiempo y se ampliaba geográficamente la evangelización. Adoptan el griego, lengua de la comunicación de la cultura y el comercio por el Mediterráneo, en otras regiones usaron otras lenguas como el arameo, el copto y sobre todo el siríaco. Más tarde también el latín que se adoptaría como lengua oficial de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

Todo esto fue creando diversos repertorios de cantos: viejo-romano, africano, ambrosiano, beneventano, hispano o mozárabe, galicano, etcétera.

Entre las reformas o actuaciones que en lo sucesivo fueron consideradas como modélicas, hay que contar las que llevaron a efecto san Ambrosio en Milán (s.IV); los Padres visigodos en la liturgia hispánica (s.VI y VII); san Germán de París en el canto galicano (s.VII-VIII) y sobre todo el papa san Gregorio Magno en el canto romano del a curia papal (s.VII).

Cuando Pipino el Breve se convirtió en el abanderado de la tradición romana y Carlomagno logra ser depositario de la legitimidad del imperio, su primera acción para conseguir su reconocimiento fue asumir como propios la liturgia y canto de la curia papal de Roma, reformarlos y extender su práctica a todo el Occidente suprimiendo los cantos litúrgicos de las restantes tradiciones eclesiásticas.

A partir del siglo IX, los clérigos carolingios copiaron su música en códices merced al sistema gráfico que hoy llamamos notación neumática.

El impulso que Carlomagno dio al Renacimiento de las artes y de las letras y su decidida acción de reforma litúrgica y musical han hecho que perdure hasta nuestros días una música que ha marcado el flujo de la historia musical del Occidente: el canto gregoriano.

(Fuente: PRENSA VILLEGAS - CALAHORRA, Primeras Jornadas de Canto Gregoriano, ed. Instituto Fernando el Católico, España, 1997 Exposición de FERNÁNDEZ DE LA CUESTA, catedrático de canto gregoriano y musicología medieval)